
En el siglo tercero después de Cristo el mundo sufrió un cambio climático. Hasta entonces el imperio Romano había disfrutado de un clima estable, cálido y húmedo, que incluso permitía el cultivo de la vid en Inglaterra, pero entre el año 200 y el 300 el clima se hizo más frío y seco, probablemente debido a varias importantes erupciones volcánicas registradas.
Como consecuencia del cambio climático la producción de cereal en Egipto, el norte de África y la península Ibérica, sus principales graneros, se redujo, como demuestran los registros. Al mismo tiempo las conquistas del Imperio Romano se habían detenido por falta de vecinos lo suficientemente ricos y débiles para que valiera la pena la expansión, y consecuentemente no había ingresos militares, pero los gastos militares no se redujeron sino que aumentaron. Las legiones debían mantenerse bien pagadas o se rebelaban y nombraban nuevos emperadores. La disminución de ingresos por debajo de los gastos y la reducción de cosechas provocaron la grave crisis económica del siglo tercero. La respuesta fue devaluar la moneda reduciendo su contenido en metales preciosos.

